Desde que era un niño he tenido la oportunidad de aprender en grandes escuelas y con grandes maestros.

La lección más importante que aprendí es que en el toreo la preparación es el 99%. El talento sin el entrenamiento diario se queda en cero.

Además, plantarse delante de un toro sin estar preparado representa una imprudencia que puede costar la vida.

Todos los días entreno como si mañana tuviese la corrida más importante de mi vida. Eso me motiva a limar cada detalle, a tratar de perfeccionar hasta el más mínimo aspecto. Un enamorado del toreo como yo no puede conformarse con menos.

Mi profesión es puro arte, para mí el arte más grande del mundo. Por eso me lo tomo tan en serio. El ruedo tiene algo como de ‘sagrado’; la afición lo espera todo y lo merece todo. Pero más allá de cualquier otro impulso, lo que me mueve es la expresión del arte.

 

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